Por Diego Vásquez

 

Programamos el viaje para el sábado 2 de julio. Escogimos Santa Rosa de Quives porque tiene una zona para hacer trekking muy interesante, a través del cauce del río. Nos congregamos en el club (por si acaso, en el Rincón, no en la Ratonera) a las 9:30 a.m. Tuvimos que madrugar.

Como somos aventureros serios, decidimos que había que filmar la travesía. Yo humildemente puse la cámara, pero nos faltaba el cassette. Estuvimos buscando de tienda en tienda, hasta que en la Micaela encontramos uno, que nos costó 11 soles. Un sencillo.

También traíamos –repito que somos profesionales– una cámara fotográfica. En la misma tienda compramos un rollo de 36 fotos. El rollo nos costó 11.50 soles. Un robo. Pero no nos quedaba otra.

Ya aprovisionados de todo lo necesario. Enrumbamos hacia el paradero del Km. 22 de la Avenida Túpac Amaru. Los expedicionarios éramos: Profesor Pancho, Diego Vásquez, Iván Robles, Irving Rojas, Jaime Rivera y Marco Gómez.

Comprar el pasaje fue otra historia. Nos habían visto cara de millonarios. Seguro por las zapatillas de Jaime. Primero nos quisieron cobrar 3.8 soles de pasaje. Conseguimos bajarlo a 3.50. Después de una ardua negociación nos dieron a 3 soles por persona.

Llegamos a Santa Rosa cerca de las 12 del mediodía. Un sol impresionante nos estimuló y nos dirigimos rápidamente a... la bodega, a comprar algo de comida. Después ya en serio comenzamos la caminata, por el río seco, que tenía unos cuantos charquitos.

Iván comenzó la filmación y todo ha quedado registrado, incluyendo las caídas de algunos, y el cansancio de otros. Al terminar el río seco, comienza otro río, no tan seco, que tuvimos que cruzar con mucho riesgo de nuestra parte, pues la corriente jalaba (llegaba hasta las rodillas). Pero todos conseguimos pasar, hasta las cabras que nos seguían por el camino.

Ya en tierra firme proseguimos la marcha. Fuimos a la boca de la quebrada, donde encontramos un tremendo hueso de un animal ya extinguido. También había pellejo de carnero, que lo dejamos descansar, para que no nos traiga mala suerte.

Llegados a la boca de la quebrada, lo siguiente es subir por la ladera de la montaña. Algunos lo llaman hiking. Tiene 5 etapas. La primera es subir por una inmensa roca, luego viene una subida más empinada, hasta llegar al primer tobogán. Luego se camina unos 200 metros y se llega a la quinta etapa, donde está el último tobogán. Hay dos formas de subirlo. Una por el tobogán y la otra bordeando el cerro, pero hay que hacerlo sentado, porque hay muy poco espacio para una persona. Pancho e Iván hicieron la del tobogán, y los demás tuvieron que ensuciarse el pantalón y bordear el cerro. No necesito decirles que había un precipicio que le daba un toque de aventura a la operación.

La ruta termina en un paredón, que ya no nos fue posible subir. Quizá si entrenamos más podamos hacerlo la próxima vez. Algunos llaman a ese deporte palestra.

Algunos de nosotros somos un poco rebeldes y habíamos llevado spray. Teníamos que dejar constancia de que habíamos llegado. En algunas escaladas, dejan banderas. Nosotros dejamos pintas. Unas pintas discretas, por supuesto, pero que se ven desde la carretera. Por si acaso no voy a decir nombres. No vaya a ser que nos denuncien.

Dimos media vuelta y bajamos. Para desgracia nuestra descubrimos que bajar era más difícil que subir. El precipicio nos empezó a dar miedo, pero poco a poco conseguimos bajar. Habíamos encontrado el rastro de un puente para poder cruzar el río grande. Después de una intensa búsqueda cruzamos. Es un puente de escaleras, amarrado a otro en el otro tramo, pero bastante inestable. Cruzamos rápidamente y atravesamos unos cañaverales, donde nos perdimos. Gritamos auxilio, pero nadie nos escuchaba. Gracias a Dios pudimos salir. Seguimos a través del río seco y llegamos a Santa Rosa a las 4 de la tarde.

Poco antes de llegar, en la última subida, sufrimos un pequeño accidente. Iván se apresuró porque tenía hambre y se cortó una mano con una rama de espinas. Iván siempre tiene mala suerte.

Ya era hora de almorzar y nos fuimos a una bodeguita. Todos pidieron lomo saltado. Y cuando nos sirvieron descubrimos a nuestro alrededor una jauría de perros, que reclamaban su parte. Luchamos a muerte para defender nuestra posición y conseguimos espantarlos.

Tomamos el carro de regreso y llegamos al paradero a las 6:30 de la tarde. Algunos se habían quedado cortos con el almuerzo, sobre todo Iván, así que decidimos ir donde la tía Camucha, a completarla. Comimos hamburguesas con salsa a la huancaína y ocopa. Ya satisfechos, calabaza, calabaza, cada uno a su casa.

 

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